TÍTULO

RETRATO DEL ALMA DEL PRIMER CRISTIANO EMERITENSE AL LLEGAR AL CIELO: EL ORANTE DEL COFRE DE SAN PEDRO DEL MUSEO NACIONAL DE ARTE ROMANO

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TEXTO

El Evangelio de Mateo recoge dos dramáticos momentos marineros de los apóstoles resueltos satisfactoriamente por el propio Jesucristo: en el primero (Mt. 8, 23) súbitamente se desencadena una tempestad mientras Jesús viaja dormido profundamente en una barca acompañado de sus primeros discípulos; éstos, por contra, despiertos y, por tanto, aterrados; en el segundo pasaje (Mt,14,22) se repite la tempestad y Jesús, caminando sobre las aguas, vuelve a salvarlos invitando particularmente a San Pedro a caminar sobre ellas.
Nos encontramos ante las primeras exposiciones evangélicas de Jesucristo 
no ya sólo como taumaturgo o sanador de vivos y muertos; de forma expresa se manifiesta como “señor de los elementos”, es decir como Dios al tiempo que es admitido como Tal por sus discípulos...; e insisto: a bordo de una barca y sobre el mar.
Y es que los primeros cristianos vivían referenciados por el agua hasta el extremo de que San Pedro fundamenta el mundo sobre ella y equipara los tiempos de Jesús con los tiempos de Noé previos al castigo divino.
Cabe también otra lectura más divulgada: como si de nuevos “noés” se trataran podrían interpretarse Jesucristo y San Pedro como la Iglesia en tanto “barcas salvadoras”; de hecho la vida del cristiano dentro de la Iglesia está considerada popularmente como una singladura náutica.
Ahora bien si tenemos en cuenta la Escatología petrina el barco como símbolo de la futura salvación traza una evidente contradicción ya que, en palabras de San Pedro, “los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego (2ª,3,7”).
Sin embargo, ante la insistente presentación simbólica de Jesucristo como “Pez” en las catacumbas o la encomendación a San Pedro de “Te haré pescador de hombres (Mateo, 4,19)” explicaré cómo vi “el primer alma emeritense llegando al Cielo”.
EL ARCA DE NOÉ DEL MUSEO NACIONAL DE ARTE ROMANO SEGÚN JAVIER ARCE.
Existe en el emeritense Museo Nacional de Arte Romano, entre sus muchas singulares piezas, una, también, extraordinariamente singularísima por la fecha y el contenido que le atribuye su último investigador, Javier Arce -y aquí vuelvo a encontrarme con otra piedra importante y trascendente situada en el rincón historiográfico de Mérida-; Arce la sitúa a mediados del siglo III por creer que una de las figuras simboliza a Noé dentro de su arca y las otras una escena que sucede en el Paraíso cristiano.
Consecuentemente nos encontraríamos ante una de las primeras lápidas de los primeras “áreas” cristianas o cementerios de Mérida anteriores al de Santa Eulalia y contemporáneos, por tanto, del obispo libelático Félix en quien se inicia la historia documentada del cristianismo emeritense; de aquí el título de esta colaboración: “IMAGEN DEL PRIMER ALMA EMERITENSE LLEGANDO AL CIELO”.
De conservarse la primera fecha, posteriormente Arce también la data alternativamente a principios del siglo IV, nos encontraríamos por ambas dataciones ante otra especial singularidad de la pieza: la de ser el primer testimonio hispano del Cristianismo no sólo en la ciudad de Emerita, posiblemente, también de la Historia del Cristianismo en las Hispanias; al mismo tiempo también sería la constatación arqueológica del considerado primer documento escrito de la Iglesia en las Hispanias, la Carta de San Cipriano, que hace referencia a la existencia de cementerio u “hortus” cristianos. 
La pieza, de mármol y que sirvió de lápida a un sarcófago, tiene una larga y rica historia de interpretaciones; Arce hace relación de Gómez Moreno, J. Pijoan, Mélida, Paris, Lantier, García y Bellido, Vermaseren, Bovini, Mosquera-Müller y Batlle (que interpreta por vez primera a nuestro personaje como Noé)-; sin embargo, dada las similitudes formales del “refrigerium” cristiano con los banquetes funerarios idolátricos, actualmente está catalogada oficialmente como “posible banquete mitraico”, desde la época de Mélida, aunque Mosquera, apartándose de las anteriores interpretaciones mitraicas, asocia el contenido de la lápida a un mero banquete funerario idolátrico; sólo Schlunk, según Arce, vio aquí ”la figura del difunto”.
LAS INTERPRETACIONES DE BATLE, DE JAVIER ARCE, DE SCHLUNCK Y SU AMEJORAMIENTO. LA FIGURA CORRESPONDE A LA REPRESENTACIÓN DEL ALMA DE UN DIFUNTO EMERITENSE LLEGANDO AL CIELO.

Ahora bien si no fuese porque el presunto Arca de Noé tiene dos cerraduras y porque la escena paradisíaca se corresponde, sin el acompañamiento de otras representaciones veterotestamentarias, con una de las más inequívocas simbolizaciones del Paraíso cristiano, el Banquete o Refrigerio, no rechazaría fácilmente la primera figura como correspondiente a Noé en su Arca tal como hace Javier Arce.
Pero es que la figura de Noé a bordo de su arca, además de no llevar impreso su nombre, no es el modelo tipo sino un caso particular de las representaciones de las Orantes.
Las Orantes, transcribo a Pératé, es la figura más representada en las catacumbas romanas; y en ellas existen dos tipos: los de procedencia veterotestamentaria como Noé, salvado del diluvio, Isaac del sacrificio de su padre, Daniel de los leones, Jonás de la ballena e incluso la doncella Susana de la maledicencia, todos en actitud de rendir gracias a Dios por su particular salvación.
Pero existen en las catacumbas romanas otro numerosísimo número de “orantes”, en solitario las más de las veces como en nuestro caso, que simbolizan, no el retrato del difunto, sino directamente el alma del cristiano muerto y en llegando al Cielo; así lo interpretaba Benedicto XVI cuando firmaba sus trabajos como Joseph Ratzinger: “ Según los estudios más recientes, la Orante no representa a la Iglesia en oración, sino más bien al alma que ha entrado en la gloria celestial y está en pie ante la faz de Dios”.
En palabras de Peraté: “Ella [el alma] está representada en actitud de oración, porque el alma feliz, el alma libre de las pruebas de la vida, tiene el deber de interceder por los que quedaron aquí. “Vive en Cristo y ora por nosotros.- Vive en paz y ruega por nosotros.- Que tu alma repose en Dios, ruega por tu hermana.- Que tu alma repose en Dios, ruega por tus padres”. Así se expresan frecuentemente las inscripciones funerarias. Pero el alma es además representada en oración porque tiene necesidad de ser asistida para presentarse al tribunal de Dios. Pronto descubriremos cómo los pintores de las catacumbas concibieron la gran escena del Juicio del alma y de la intercesión de los santos”
En realidad muchos de estos “noés” tienen nombre propio claramente postdiluvianos tanto en masculino como en femenino géneros: IVLIANA o CAESIDIUS FAUSTINUS y la fórmula del específico “descanse en paz” cristiano: BONAE ANIMAE IN PACE (alma buena descansa en paz).
La interrelación de interdependencia de y entre las escenas de la lápida emeritense, también su posición a la izquierda, determina que el “Noé” de Arce es, según la simbología cristiana primigenia, un alma, la de un cristiano emeritense del siglo III o principios del IV, que llega al Paraíso celestial desde su comunión vital con la Iglesia; ésta simbolizada por la piedra cúbica, emblema de San Pedro, el primer papa, y, por ende, de la misma Iglesia.
De hecho, en palabras de Pérate, ya “en la literatura del siglo III, el arca se ha convertido en la imagen de la Iglesia, que lleva al cristiano regenerado por las aguas del bautismo.”
La clave, pues, de mi interpretación es que en los símbolos cristianos hay reglas de interrelación y orden; de hecho, como si de un escrito se tratara, la lápida se lee de izquierda a derecha.
Esta idea paradisíaca del cristianismo emeritense perduraría hasta la época visigoda; entonces apareció una descripción más detallada de cómo era el Cielo según la interpretación de los cristianos emeritenses en el Libro de las Vidas de los Santos Padres Emeritenses; véase el sueño premortem del niño Augusto.
Por otra parte Noé nunca ha sido asociado a la vida paradisíaca sino a la supervivencia humana en la tierra; además, la aparición de Noé y de los personajes neotestamentarios obedecería, según ya hemos dicho, a un requerimiento de su medianería espiritual; por el contrario a San Pedro, como símbolo en sí mismo y epítome de los vicarios de Jesucristo en la tierra, sí se le ha considerado portero y antesala del cielo; y esto hasta el mismo extremo de que él y sus continuadores tienen en su “escudo de armas” dos llaves; estas llaves petrinas son las que se corresponderían con las dos cerraduras de este Arca, Arcón, Baúl o Cofre “cúbico”. 
El Arca de San Pedro del emeritense Museo Nacional de Arte Romano es un cubo como el propio Jesús o Pedro son “cubos”; San Pedro fue propuesto en los Evangelios como un cubo al considerarlo el propio Jesús como una Piedra sobre la que edificaría su Iglesia; consecuentemente San Pedro, como su propio mentor, es la piedra fundamental y angular, generalmente cúbica, de un singular edificio que es la Iglesia ya como institución espiritual o como edificio concretado en cualquier templo cristiano y en la que encajan las llaves que abren y cierran las puertas del Cielo en donde se celebra el Banquete.
De cualquier forma si hacemos el “desarrollo” plano del cubo, según lo entienden los geómetras, vemos que San Pedro y también Jesucristo como “cubos” trazan o “desarrollan” el plano de sus instrumentos de muerte, a la par de la resurrección del cristiano, y    el plano de los primeros templos o iglesias cristianas tanto occidentales como orientales.
Pero ¿de dónde viene la lectura lógica de Javier Arce que le conduce a interpretar al alma llegando al cielo como Noé?
Según la doctrina de la Iglesia esta tierra y estos cielos están reservados para ser consumidos por el fuego “en el día de la ira” como antes lo estuvieron reservados para ser consumidos por el agua; ya he dicho que San Pedro, al respecto, fue expresamente claro.
Sin embargo la Iglesia siempre ha recurrido al uso profuso de símbolos náuticos hasta el extremo de considerar la Historia como una singladura náutica.
En realidad todos los símbolos distintivos de la Iglesia -pan, vid, pez, barco, red, etc.- al desarrollarse  se estructuran en Espina de Pez que ahora se interpreta como Diagrama de Causa y Efecto según Ishikawa.
También en realidad estos símbolos harían  preciosa relación del Dogma de la Comunión de los Santos según el cual los cristianos forman una red de beneficiados interrelacionados…
El ejercicio de San Pedro como pescador en las aguas fogosas del fin del mundo desde la Iglesia Universal se contrasta de una parte por la forma de nave de las iglesia: la zona destinada a los fieles recibía la denominación de nave por su propia forma; en realidad las dos zonas más importantes de la basílica o iglesia son como barcos invertidos.
De otra parte se contrasta por el nombre mozárabe de la parte más noble de las primeras iglesias cristianas públicas: el ábside de las basílicas. 
Pues bien, el Ábside, también conocido como “Concha”, en dialecto mozárabe era denominada “Comçal” es decir “aguamanil”, “ampolla para beuer”, “barril”; “jarro de vino”, “vaso de barro” y que en el B. Lat. tenía el sentido de “barreño, aguamanil y jarro” (ahora podría ser lavabo  y en mi infancia era la palangana o la jofaina).
Es decir el ábside o concha sugieren la Iglesia también como un instrumento para desaguar los espacios inundados, especialmente los barcos (la iglesia de San Pedro). Ahora bien si entramos en una basílica primitiva y observamos el ábside o concha nos persuadiremos rápidamente que nos encontramos ante una representación del Paraíso Celestial o de la Jerusalén celeste, lugar de salvación; así lo indica directamente el conjunto de las representaciones de los mosaicos de sus paredes.
Además si el observador sitúa mentalmente el ábside al revés imaginará que pudiera ser una enorme copa analógica del cáliz en el que el sacerdote transforma el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, y el cristiano lo bebe y come como anticipo del Banquete o Refrigerium celestial.
Y es que la Historia de la Humanidad, según el Cristianismo, está determinada por la “comida”; es decir los momentos más transcendentes de la Historia humana se basan en el uso de ciertos “alimentos”; por ello si “la manzana” fue el “veneno”(Gén.,3,6) la carne y la sangre de Jesucristo es su “antídoto”, de forma que la Comunión es adelanto terrenal del Refrigerium o Banquete celestial una vez salvada el alma humana de “las asechanzas de las aguas” a borde del Cofre de San Pedro: “ Yo soy el pan de la vida. Vuestro padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo […]- En verdad en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día. Juan, 6, 48-54”.
Y en proporción a esa alegría que expresa este alma que llega al cielo he aquí unos sencillos versos en que justifico tal alegría:
Rabelais nos hubiera dicho
que si por un bocado
del árbol malo
al mundo vino
un gran pecado
por  un otro bocado
de la fruta del árbol 
mejor, llegó 
la salvación.
Y es que en el cielo
del Buen Señor,
hay, también, cocina 

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